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Dos minutos

 Silencio el ruido aturdidor, me concentro, suspiro, me siento y empiezo.

Sensaciones, pensamientos, recuerdos, creencias, dolores, angustias. Y este cuerpo que ya nada puede contener, que se queda en la carencia, en los extremos, en los negros, en la nada, en el vacío y en la contradicción.

¿Cómo es que sentís tanto que dejás de sentir todo?¿Cómo es que lo exterior te rebota pero a la vez te afecta tanto que te paraliza?, ¿cómo es que te volviste todo aquello por lo que una vez, prometiste no convertirte?

¿Cómo es que llegaste a hacerte tanto mal?, ¿cómo es que elegiste sostenerte, vos también, en tu malestar?, ¿cómo es que llegaste a permanecer tantos meses en ese círculo enfermo?

Cómo….necesito que alguien me explique cómo llegue a ser esto que detesto…

Suena el silencio…

[otra vez]

Frente al papel vacío

¿Cómo te explico…cómo lo explico?. Ese día lo supe y sé que también vos lo supiste. Fueron unas palabras esbozadas por compromiso, innecesario. No sentimos nada, con todo lo que esa nada implica.

 Los enrosques de la mente son tan poderosos a veces que contagian cada fibra de nuestro cuerpo. Lo hacen dependiente de las sensaciones ausentes.Es esa sensación de eco, de vacío, de insignificancia, es un pesar plagado de ausencia. Es entregar una parte tuya por inercia, porque sí, por las dudas, por si acaso, para ver, para sentir. Son minutos que trascurren casi envueltos en el deseo de finalizar. Ya no estás, te desconectás y tu mente te lleva a ese lugar. Te lleva al recuerdo de alguna otra época dónde sí eras capaz de amar, de sentir, de entregarte, de dejar de tener sexo porque sí.

Y el otro está ahí, al lado o encima tuyo y vos, estás con toda tu ausencia, presente. Estás y te vas todo el tiempo, pasa.

Orgasmo….¿y después?

Miras hacia un costado, sentís una leve presencia cálida rozándote el hombro. No es nadie, no significa nada para vos, puede ser Pedro, Esteban o Gastón, no importa. Ese ser que está ahí en tu cama es la representación del vacío inmenso que hoy no podés describir, que no podés sentir, que no podés evitar. Él es quien representa lo que supo estar y dejó de ser. Él te muestra que hoy ya no sos vos.

Tal como nos ha sido impuesta, la vida nos resulta demasiado pesada, nos depara excesivos sufrimientos, decepciones,
empresas imposibles. Para soportarla, no podemos pasarnos sin lenitivos («No se puede prescindir de las muletas», nos ha dicho Theodor Fontane). Los hay quizá de tres especies: distracciones poderosas que nos hacen parecer pequeña nuestra miseria; satisfacciones sustitutivas que la reducen; narcóticos que nos
tornan insensibles a ella.

(…)

En incontables ocasiones se ha planteado la cuestión del objeto que tendría la vida humana, sin que jamás se le haya dado respuesta satisfactoria, y quizá ni admita tal respuesta.
(…)

Abandonemos por ello la cuestión precedente y encaremos esta otra más modesta: ¿qué fines y propósitos de vida expresan los hombres en su propia conducta; qué esperan de la vida, qué pretenden alcanzar en ella? Es difícil equivocar la respuesta: aspiran a la felicidad, quieren llegar a ser felices, no quieren
dejar de serlo. Esta aspiración tiene dos faces: un fin positivo y otro negativo;por un lado, evitar el dolor y el displacer; por el otro, experimentar intensas sensaciones placenteras. En sentido estricto, el término «felicidad» sólo se aplica al segundo fin.
(…)
Lo que en el sentido más estricto se llama felicidad, surge de la satisfacción, casi siempre instantánea, de necesidades acumuladas que han alcanzado elevada tensión, y de acuerdo con esta índole sólo puede darse como fenómeno episódico. Toda persistencia de una situación anhelada por el principio del placer sólo proporciona una sensación de tibio bienestar, pues nuestra disposición no nos permite gozar intensamente sino el contraste, pero sólo en muy escasa medida lo estable . Así, nuestras facultades de felicidad están ya limitadas en principio por nuestra propia constitución. En cambio, nos es mucho menos difícil experimentar la desgracia. El sufrimiento nos amenaza por tres lados: desde el propio cuerpo que, condenado a la decadencia y a la aniquilación, ni siquiera puede prescindir de los signos de alarma que representan el dolor y la angustia ; del
mundo exterior, capaz de encarnizarse en nosotros con fuerzas destructoras omnipotentes e implacables; por fin, de las relaciones con otros seres humanos.

  • Sigmund Freud - El malestar en la cultura
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